14 reglas de discernimiento de espíritus según San Ignacio de Loyola
Aprender a reconocer qué nos acerca a Dios y qué nos aleja de Él
Hay momentos en la vida en los que no basta con preguntarnos “¿qué quiero hacer?”. Necesitamos aprender a preguntarnos también:
¿De dónde viene este pensamiento?
¿Hacia dónde me está llevando?
¿Me acerca a Dios o me aleja de Él?
¿Me conduce al amor, a la verdad y al bien, o me encierra en el miedo, el egoísmo y la desesperanza?
A esto se refiere el discernimiento de espíritus.
San Ignacio de Loyola, a partir de su propia experiencia espiritual, formuló unas reglas que ayudan a reconocer los movimientos interiores que experimentamos y a distinguir aquellos que nos conducen hacia Dios de aquellos que buscan apartarnos de Él.
No se trata de interpretar obsesivamente cada pensamiento o emoción. Se trata de aprender a mirar nuestro interior con honestidad, atención y oración.
San Ignacio presenta estas reglas como quien prepara a una persona para una batalla. Y la imagen es muy poderosa: si estamos en combate, necesitamos conocer tanto nuestras fortalezas y debilidades como las estrategias del enemigo.
1. Cuando una persona vive alejada de Dios, el enemigo intenta mantenerla ahí
Cuando una persona se encuentra instalada en el pecado, en los vicios o en una vida cada vez más alejada de Dios, el mal espíritu suele presentar como atractivas aquellas cosas que la mantienen en esa situación.
Puede hacer que el pecado parezca inofensivo, justificable o incluso deseable.
El buen espíritu, en cambio, actúa en sentido contrario: despierta la conciencia, ayuda a reconocer el mal y mueve interiormente a la persona a cambiar de vida.
Puede aparecer una inquietud profunda, un arrepentimiento sincero o el deseo de volver a Dios.
Dios te invita a levantarte y caminar hacia Él.
2. Cuando una persona comienza a acercarse seriamente a Dios, encontrará resistencia
Cuando alguien decide cambiar, sanar interiormente, abandonar el pecado y comenzar un camino auténtico de conversión, es frecuente que aparezcan dificultades.
El enemigo intentará desanimar, sembrar miedo, exagerar los obstáculos o hacer pensar:
“No vas a poder”.
“No tiene sentido intentarlo”.
“Nunca vas a cambiar”.
El buen espíritu, por el contrario, impulsa hacia adelante. No necesariamente elimina todas las dificultades, pero da fortaleza para atravesarlas.
Puede traer paz, confianza, esperanza y deseo de perseverar.
Por eso, cuando comienzas a caminar hacia Dios y aparecen obstáculos, no significa necesariamente que estés caminando en la dirección equivocada.
3. La consolación espiritual
San Ignacio llama consolación a determinados movimientos interiores que nos acercan a Dios.
Puede manifestarse como un aumento de fe, esperanza o caridad; como un deseo más profundo de amar y servir; como lágrimas de arrepentimiento sincero; como una profunda gratitud o como una emoción espiritual al contemplar a Cristo, su Pasión, su misericordia o su amor.
No es simplemente “sentirse bien”.
La consolación verdadera orienta el corazón hacia Dios y hacia el bien.
Después de ella suele quedar un deseo más grande de amar, servir, perdonar, crecer y vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.
4. La desolación espiritual
La desolación es, en cierto sentido, lo contrario de la consolación.
Es experimentar oscuridad interior, pérdida de confianza, dificultad para orar, sensación de distancia de Dios, tristeza espiritual, desánimo o atracción hacia aquello que nos aleja de Él.
Puede aparecer la pereza, la mediocridad, la desesperanza o la tentación de abandonar aquello que antes habíamos decidido hacer por Dios.
La desolación es una experiencia interior; no es una prueba de que Dios nos haya abandonado.
5. En la desolación, no tomes decisiones importantes
Esta es una de las reglas más conocidas de San Ignacio.
Cuando estamos desolados, no debemos cambiar fácilmente los buenos propósitos que habíamos tomado durante un momento de claridad y consolación.
Cuando estamos en oscuridad interior podemos interpretar las cosas de manera diferente. Aquello que ayer parecía claro puede parecernos hoy absurdo. Aquello que ayer nos daba esperanza puede parecernos hoy imposible.
Espera. Persevera. Ora. Busca consejo.
Cuando vuelva la claridad, podrás mirar las cosas con mayor libertad.
6. La desolación se combate, no se alimenta
Cuando llega la desolación, no conviene abandonarse pasivamente a ella.
San Ignacio recomienda intensificar aquello que nos ayuda a recuperar el rumbo espiritual:
- perseverar en la oración;
- hacer examen de conciencia;
- acercarnos a los sacramentos;
- buscar consejo espiritual;
- realizar alguna obra de penitencia;
- cumplir con fidelidad nuestros deberes;
- evitar aquello que sabemos que alimenta nuestra debilidad.
7. Dios sigue presente aunque no lo sientas
Durante la desolación podemos experimentar una sensación muy fuerte de abandono:
“Dios ya no está conmigo”.
“No me escucha”.
“Ya no puedo más”.
Pero una experiencia emocional no determina por sí misma la realidad.
San Ignacio recuerda que Dios puede permitir que atravesemos momentos de prueba sin abandonarnos.
Aunque no sintamos su presencia, su gracia sigue actuando.
8. En la desolación, aprende a esperar
La desolación puede hacernos pensar que aquello que sentimos durará para siempre. Pero no es así.
Los estados interiores cambian. Por eso San Ignacio invita a cultivar la paciencia.
Cuando estés desolado, no te desesperes. Haz lo que está de tu parte: ora, persevera, busca ayuda, cumple tus deberes y evita tomar decisiones impulsivas.
Después de la desolación puede volver la consolación, y lo vivido durante la oscuridad puede convertirse también en una oportunidad de crecimiento.
9. ¿Por qué podemos experimentar desolación?
San Ignacio señala tres posibles causas principales.
1. Por nuestra propia negligencia
A veces nosotros mismos hemos descuidado nuestra vida espiritual. Dejamos la oración, abandonamos los sacramentos, nos alejamos de aquello que nos hacía bien, alimentamos hábitos que nos debilitan o dejamos de cuidar nuestra relación con Dios.
En esos casos necesitamos reconocer nuestra responsabilidad y volver a empezar.
2. Como una prueba
En otras ocasiones, Dios puede permitir que atravesemos una etapa de sequedad para ayudarnos a descubrir si lo seguimos solamente cuando nos sentimos bien o también cuando no experimentamos ninguna satisfacción espiritual.
Es fácil amar cuando todo parece claro. La fidelidad se purifica cuando seguimos caminando aun en la oscuridad.
3. Para enseñarnos que la consolación es un don
También puede ocurrir que Dios permita la desolación para enseñarnos que la vida espiritual no depende de nuestras sensaciones ni es una conquista personal.
La consolación es un regalo. No podemos apropiarnos de ella ni pensar que somos santos simplemente porque hemos tenido experiencias espirituales intensas.
10. En la consolación, prepárate para la desolación
Cuando todo está bien, cuando tienes deseos de orar, cuando sientes entusiasmo por tu vida espiritual y las cosas parecen claras, es fácil pensar que siempre será así.
Pero San Ignacio aconseja aprovechar esos momentos para prepararnos.
La consolación no elimina la posibilidad de una futura desolación.
Por eso, cuando estés bien:
- fortalece tus buenos hábitos;
- profundiza en la oración;
- recuerda las decisiones que has tomado;
- conoce tus propias debilidades;
- agradece las gracias recibidas;
- fortalece tus vínculos con personas que puedan ayudarte.
Cuando llegue la oscuridad, podrás recordar lo que comprendiste durante la luz.
11. En la consolación, humildad; en la desolación, confianza
San Ignacio propone una especie de equilibrio espiritual.
Cuando estás en consolación, no te atribuyas todo a ti mismo. Recuerda que necesitas de Dios.
La gracia que estás experimentando es un don. Por eso la consolación debe conducir a la humildad, no a la soberbia.
Pero cuando estés en desolación, haz exactamente lo contrario: no te subestimes.
Recuerda que, con la gracia de Dios, puedes resistir. No confundas sentirte débil con ser incapaz.
12. El enemigo intenta crecer cuando encuentra poca resistencia
San Ignacio utiliza una imagen muy concreta para explicar esta regla: compara al enemigo con alguien que se hace más fuerte cuando encuentra miedo y retroceso.
La idea central es sencilla:
Si sabemos que algo nos hace daño y comenzamos a justificarlo, acercarnos poco a poco o decirnos “solo esta vez”, estamos debilitando nuestra resistencia.
En cambio, cuando enfrentamos la tentación con firmeza y hacemos exactamente lo contrario de lo que pretende, pierde fuerza.
Por eso, ante determinadas tentaciones, no siempre conviene dialogar demasiado con ellas.
No. Y punto.
13. El enemigo trabaja en secreto; la verdad lo debilita
San Ignacio compara al enemigo con un amante que pretende mantener su relación en secreto.
La razón es clara: mientras permanezca oculto, puede actuar con mayor libertad.
Algo semejante ocurre con determinadas tentaciones.
Un pensamiento puede parecer enorme cuando permanece encerrado en nuestra mente. Un miedo puede crecer cuando nunca lo compartimos. Una conducta puede volverse más peligrosa cuando nadie conoce lo que está ocurriendo.
Por eso es tan importante contar con una persona de confianza y, especialmente, con un buen acompañamiento espiritual.
Lo que se lleva a la luz puede ser discernido.
Hablar con sinceridad con un sacerdote, confesor o acompañante espiritual prudente puede ayudarnos a descubrir aquello que nosotros solos no estamos viendo.
14. El enemigo busca nuestro punto más débil
Finalmente, San Ignacio utiliza otra imagen poderosa: la ciudad amurallada.
Un ejército que quiere conquistar una ciudad no ataca necesariamente la parte más fuerte de sus murallas.
Primero observa. Busca. Estudia. Y cuando encuentra el punto más débil, concentra allí sus fuerzas.
San Ignacio invita a reconocer que algo semejante puede ocurrir en nuestra vida espiritual.
Todos tenemos fortalezas, pero también tenemos heridas, vulnerabilidades, hábitos, temores y debilidades. Y precisamente ahí podemos ser más fácilmente tentados.
Por eso necesitamos conocernos.
¿Cuál es mi punto débil?
¿La necesidad de reconocimiento?
¿La impaciencia?
¿El miedo?
¿La soberbia?
¿La tristeza?
¿La necesidad de controlar?
¿La pereza?
¿La búsqueda de placer?
¿La dificultad para perdonar?
¿La desesperanza?
Conocer nuestra debilidad no significa vivir obsesionados con ella. Significa vigilarla y aprender a protegerla.
Porque aquello que no reconocemos puede terminar gobernándonos.
Discernir es aprender a caminar
Las reglas de San Ignacio no pretenden convertirnos en personas desconfiadas de nuestros pensamientos y emociones.
Al contrario. Nos enseñan a conocernos mejor, observar nuestros movimientos interiores y aprender a elegir con mayor libertad.
No todo lo que sentimos viene de Dios.
No todo pensamiento merece nuestra atención.
No todo deseo debe convertirse en una decisión.
Y no toda tristeza significa que estamos haciendo algo mal.
Por eso el discernimiento requiere oración, formación, autoconocimiento, paciencia y, cuando es necesario, el acompañamiento de una persona prudente.
San Ignacio nos recuerda algo fundamental:
Hay momentos de luz y momentos de oscuridad. Hay consolación y desolación. Hay avances y retrocesos.
Pero en todos ellos podemos aprender a reconocer hacia dónde se está moviendo nuestro corazón.
Y quizá la pregunta más importante no sea:
“¿Qué estoy sintiendo?”
sino:
“¿A dónde me está llevando esto?”
Si me lleva hacia Dios, hacia la verdad, hacia el amor, hacia el servicio, hacia la esperanza y hacia una vida más plena, merece ser examinado con atención.
Si me lleva hacia el aislamiento, la desesperanza, el pecado, el egoísmo, el miedo paralizante o el abandono de aquello que sé que es bueno, necesito detenerme y discernir.
No estamos llamados a vivir a merced de cada pensamiento, emoción o impulso.
Estamos llamados a vivir en libertad.
Y el discernimiento es una de las herramientas que nos ayuda a hacerlo.
“No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien”.
Romanos 12,21
No todas merecen ser escuchadas.
Y no todas conducen hacia la misma dirección.

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